Satisfecho,
Jony termina con sus series vespertinas. Con pasos enérgicos, camina hacia el baño
y frente el espejo, se repasa las patillas, se quita un pelo que asoma por las
fosas nasales y otros vellos incipientes de las axilas. Se observa el vientre,
admirando el nuevo grosor de su abdominal oblicuo. Sonríe.
Tras
la ducha, con la imprescindible reparación vía gel exfoliante, desliza los
dedos sobre su rostro con ayuda de la crema facial que se anuncia tanto por la
tele. Coloca cuidadosamente cada pelo del flequillo en orden y lo fija con
gomina. Se señala con el índice en el espejo y con la toalla anudada en la
cintura, prueba distintas posturas frente a su propio reflejo. Finalmente, se
toma una foto de medio lado. Revisa, se asegura de haber marcado pectoral y se
da el okey. La sube a Instagram.
Después
de escoger unos jeans y una camiseta ajustada fucsia, a juego con los bóxers, y
el cinturón, verde, del mismo color que los cordones de sus zapatillas; se
dirige a la cocina. "Qué coño, un día es un día". Y allí, antes de prepararse la cena, abre la nevera,
descorcha una botella de cava y se sirve. Jony rellena la copa y la levanta,
lanzando un brindis al espejo del comedor. “Salud.”