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28/11/13

BRINDIS

Satisfecho, Jony termina con sus series vespertinas. Con pasos enérgicos, camina hacia el baño y frente el espejo, se repasa las patillas, se quita un pelo que asoma por las fosas nasales y otros vellos incipientes de las axilas. Se observa el vientre, admirando el nuevo grosor de su abdominal oblicuo. Sonríe.
Tras la ducha, con la imprescindible reparación vía gel exfoliante, desliza los dedos sobre su rostro con ayuda de la crema facial que se anuncia tanto por la tele. Coloca cuidadosamente cada pelo del flequillo en orden y lo fija con gomina. Se señala con el índice en el espejo y con la toalla anudada en la cintura, prueba distintas posturas frente a su propio reflejo. Finalmente, se toma una foto de medio lado. Revisa, se asegura de haber marcado pectoral y se da el okey. La sube a Instagram.
Después de escoger unos jeans y una camiseta ajustada fucsia, a juego con los bóxers, y el cinturón, verde, del mismo color que los cordones de sus zapatillas; se dirige a la cocina. "Qué coño, un día es un día". Y allí, antes de prepararse la cena, abre la nevera, descorcha una botella de cava y se sirve. Jony rellena la copa y la levanta, lanzando un brindis al espejo del comedor. “Salud.”
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3/11/13

PASEOS

Salía cada día a pasear su fox terrier desde hacía semanas, meses y años…
Hoy camina entre farolas apagadas y arboles sin hojas, sobre unas baldosas que ya conocen la forma sus pasos. Se siente extraño rodeado de las miradas de los vecinos que lo ven pasar. Por las mañanas, esos ancianos con boinas de franela y gafas oscuras; y, por las tardes, antes de cenar solo  y viendo el informativo de la 1, esos jóvenes con gorras y fumándose un porro. Todos parecen observarle con ojos sospechosos, como si fuera un extranjero en el entorno, un paseador extraño con la correa en una mano y una bolsita de plástico para recoger los excrementos, en la otra.

11/6/13

MI SEMANA CON ELI


I      Lunes, 10:07 AM. Aula de plástica; Instituto. Estoy sentado en un pupitre tras unas grandes mesas blancas adornadas por debajo con chicles pegados de varios sabores y texturas. Estoy aburrido, siempre me pasa cuando mandan “dibujo libre”. Mis compañeros, abalanzados sobre sus Din-A3 con los lápices a todo trapo; yo apenas he sacado punta y estoy adormilado observando la puerta. De repente, se abre. Nuestro tutor Toni, entra con una chica detrás de él: 
—Chicos, os presento a Eli, vuestra nueva compañera, tratarla bien.

20/4/13

IT'S TIME THE PERFORMANCE CONTINUED

(based in my own short story “¡Qué siga la función!)
A sunny Sunday afternoon, in front of a cinema, a couple are talking to the girl who sell the tickets. They turn towards the streets. He seems furious;  she looks with calmly tranquility, it seems she make a face which we tought to consider an ironic smile. They cross the zebra crossing to the pedestrian area and  start talking…
—I told you —the man in a grey suit, nearly 45 years old, his hair turning white—, I wish we’d bought the tickets before. It’s not posible at the last minute…
—If only you had been in a hurry —she answers, ten years younger, just opening lightly her mouth, as if  her pink lipstick talk automatically.
—I was all the time telling you to be faster, and you… one hour making up, another choosing the dress. It was for nothing, it didn’t help you to hide the wrinkles, and this dress is horrible.
—Sure, Mr. fashion —she continues, while she feigns to text a message on the mobile—, If only you had bought them, according that today its the last show…
—How? With servi-caixa service? With any of the credits cards you did have all the time?
—Not my fault if this month we are plenty of events: business dinners, my cousin’s wedding… In the wardrobe there were only out-of-season clothes, honey, I needed to borrow all the cards.
—I haven’t know that every month clothes-season is changing!
—I’d rather you didn’t groan on public, dear. By the way, I don’t know how this nerves to watch the last Woody Allen film, I guess it’s for sleep, as all he did. My sister told me it’s slow and extremely boring. Completely before this time, as his glasses and trousers.

6/4/13

TAN BUENOS COMO EL PAN


—Eustaquio, ¿vienen esas cervezas?
—Ya van, Sepia, ya van —le responde el dueño del bar, mientras cierra la puerta de la nevera. Se palpa la rodilla,  y pone en la bandeja tres volldamms y una coronita con un trozo de limón para el Sepia.
    —Joder, ya era hora, jefe.
—¿A qué hora llega Paco?, ¿saben algo? —interviene Lolo, con los dedos entrecruzados, los codos bien aposentados en el borde de la mesa y los brazos alineados en paralelo.
—Me acaba de enviar un mensaje —responde Eustaquio, secándose las manos en su delantal aceitoso y acercándose a la mesa—, dice que llega en nada, está comprando el… Un vinito para la cena. Dice que el que tengo yo es malísimo. ¡Qué sabrá él!
La reunión en el bar de Eustaquio los martes por la noche, se ha convertido en un hábito saludable para ellos. Cervezas, partidita, si hay futbol, futbol, y cena que se alarga hasta las tantas con los cubatas.
—Me parece que últimamente va más estresado. No sé porque será… Eustaquio, tráete algo para picar, mientras —el Sepia dando un sorbo a la Coronita— prepárate una ensaladita o algo así, jefe.
—¿No podías pedir unas olivitas como todo el mundo?
—No te quejes, que hoy te salvamos la noche. —responde irónico.
—¿Cómo le va en el bar, Eustaquio? —pregunta Lolo, girando su cuello con cuidado, mirando a la barra—. ¿Mucha clientela?
—No te oye —responde convincente el Sepia—, está refunfuñando. Y eso ya te lo digo yo: por la mañana bebedores de trifásico y jubilados, al mediodía curreles de menú y por las noches proxenetas tomando un Gintonic y chavales de botellón en busca de más bebida, como el jefe se lo vende a buen precio... Lo mejor de cada casa, colega.

6/1/13

PURA PANOPLIA


—Lo que yo te diga Merche, creo que mi Matías se tira a otra.
—¿Estás segura? Tú crees que el Matías…
—Sí, sí. ¿Te acuerdas de lo que hablemos ayer al mediodía?
—Sí, que tenía una reunión.
—Sí, pol la tarde. Pues nada, hija, estoy segura que ni reunión ni ná de ná. Pura panoplia.
—¿Y cómo estás tan segura? ¿Lo has pillado?
—¡Qué va!, el muy zángano tiene mucha suerte, el jaramago éste. Llega después de cenar, me da un beso en la mejilla y yo lo pregunto «¿Y ese olor a perfume cutre, cari?».
—¿Y qué te responde él? ¿No serán manías tuyas?
—Que va, Merche, va y me dice, haciéndose el yusivo, «nada, debe ser el olor a cerveza que me tomao».
—Noo…
—Sí, Merche. Y yo digo, «Matías, ¿y la bragueta bajada?, ¿Qué tas oblidao de subirla? No tienes edad de ir por allí enseñando el pajarito…»
—Que imprudente…
—Descarado, diría yo. Eso ya es pasarse de anacreóntico. ¿Sabes que mace últimamente?
—Cuenta, cuenta. Que casi ni me lo creo…
—Pos ahora la dao por ir a lavabo, y en lugar de cogerse el Marca, se agarra el móvil. Y yo, «que raro el Matías, cace cuatro días que ni tenía ni el guassap este». Y entro un día mientras está en plena faena, y esconde rápido el móvil que casi se lo cae a la taza.
—¿En serio?
—Lo que yo te diga Merche. Un descerebrao. Después de tantos años, que maga esto. ¡A mí! Enviando mensajitos con una cualquiera, con una furcia del tres al cuarto.
—Ya ves…
—Se piensa que vivo colgada de una zarabanda, que no mentero de ná.
—Suena raro para el Matías, la verdad…
—¿Cierto, verdad? ¡Con lo que yo he sido y el tipazo que he tenio!
—Hay que verlo para creerlo.
—Yo, que en mis tiempos me podría haber ido con cualquiera, y escogí al intrínseco del Matías.
—Lo recuerdo, estabas estupenda…
—Con mis curvas, mis pechos… ¿Tú crees que lo recupere si mago ejercicio?
—¿Quieres apuntarte al gimnasio?
—Si, lo que ticiste tú, vaya. ¡Caora te ves estupenda!
—Pues sí estoy contenta, sí, para que te voy a engañar. Pero no creo que con eso Matías…
—¿No crees?
—No, no, estoy segura…
—Será que tengas razón, tú que conoces al Matias… ¡Uyyy, pero mira que horas son ya! Si tengo la compra a medias…
—Si, yo tengo que ir a la pelu.
—¿No ibas ayer pol la tarde?
—Al final no pude.
—Bueno, Merche, pos no te hago perder más la mañana.
—Claro. Me informas.
—Si guapa. Besos.
—Igualmente.
Se despiden y ella se aleja en dirección al mercado. Merche, de camino a la pelu saca el móvil y revisa algunos mensajes. Se asegura que su amiga se aleja, seguramente recordando las palabras que leyó anoche, y teclea «Matías, tendremos que ir con cuidado, creo que tu mujer sospecha algo…». Hace una pausa antes de darle a «enviar» y añade: «y además, haz el favor de esconderle los puñeteros diccionarios, ¡no hay quien la entienda!».


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25/10/12

CASSANDRA


Cassandra entra radiante. Deja el bolso y se sienta en el sofá, colorada, bajo los efectos del vino de la cena. De repente… 
Un shock, un fogonazo, “otra vez no, no puede ser”, piensa. Se estremece, un escalofrío recorre la superficie de su piel... La vista se le nubla observando la pared blanca y los cuadros colgados que pintó cuando era niña. Entonces, soñaba encontrar un hombre que la quisiera tal como era, casarse y formar una familia. Luego supo que ese sueño no era igual a los otros que ha tenido desde los quince años… 
…soñó el accidente de su hermano. Cassandra le imploró, le rogó que se quedara. Él la intentó tranquilizar, ella sabía que si salía por esa puerta ya no lo volvería a ver. De madrugada, Cassandra escuchó desde su habitación el sonido del teléfono y los pasos de su madre yendo a la sala a descolgar el auricular. No necesitó oír…
No tiene sueño, mira las flores mustias del jarrón, piensa encender la tele aún con los ojos rojos de tanto llorar en silencio. Informó sin que nadie le escuchara…el divorcio de sus padres, la lesión del hijo del vecino y el incendio en el piso de la esquina, el gran apagón, el agujero que se formó por las obras del metro en Barcelona o bombas explotando en Madrid… Imágenes parecidas le vienen a menudo antes de acostarse.
No ha sonreído hasta hoy, cuando su novio, en el restaurante, le ha ofrecido un anillo de compromiso. Ha aceptado pensando que al fin podrá concretar el sueño que tenía desde que era niña. Cassandra se levanta y se dirige a su habitación, lentamente. Sabe que será duro vivir la felicidad de su sueño, el único que ha deseado. Será muy duro vivirlo durante unos meses antes de quedarse viuda. 

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14/10/12

UN ARCO IRIS DE SEDA (por amor, lo que sea)


...vestía de rojo…
            …y la visualizaba agarrando mi corazón, estrujándolo entre sus manos que acababan en largos dedos con uñas pintadas de frambuesa, para luego licuar su contenido hasta extenuar la última gota de mi líquido, depositándolo en una amplia jarra de vidrio y removiendo con un bastón de madera pegajoso, mezclándolo entre trozos de cereza y fresas y algo de azúcar hasta conseguir una suave y homogénea sangría que se bebía a grandes sorbos con la boca abierta, de la que caían regueros por los lados de sus labios carnosos …

…vestía de azul…
            …y surfeaba entre grandes olas con la tabla de piel que era mi espalda, sintiendo que se liberaba entre las aguas de un mar tropical, y los peces saltaban para saludarla y decirle lo bonita que se veía con su silueta dibujada sobre el horizonte de un cielo despejado, con la misma sonrisa que haría la pitufina en éxtasi mientras la abarcaba el pitufo forzudo, y saludaba a barcos de vela y yates que se arremolinaban en ese litoral cristalino, flanqueados por sirenas de largas colas, que ni por asomo poseían la belleza que apreciaba en ella…

…vestía de naranja…
            …y el fuego invadía de llamas nuestra cama de matrimonio mientras hacíamos el amor, y nos comíamos nuestros labios de melocotón envueltos en licor ácido, lamíamos nuestros cuerpos de mermelada, dejando atrás los miedos, olvidando monstruos de dos cabezas que antaño nos miraban desafiantes  y  calabazas de Halloween iluminadas por velas que no se consumían, y sentíamos más y más calor hasta sentirnos capaces de freír un huevo sobre nuestros vientres, inundando el aire de humo, incendiándolo todo…

…vestía de verde…
            …y yo correteaba a su lado agarrado bien fuerte de su mano entre hierbajos y matorrales, moviéndonos como a cámara lenta a velocidad de una tortuga, borrachos de satisfacción como si hubiéramos bebido unas cuantas Heineken, y llegando a un riachuelo del que veíamos ranas saltando sin tener tentación alguna de besarlas por si aparecía un nuevo príncipe o princesa, ya nos teníamos el uno al otro…

…vestía de amarillo…
            …y se había fundido ya en mí como el queso cheddar sobre los doritos, formando parte de mi día a día como el amanecer, sin deshojar más margaritas de inseguridad, compartiendo con ella espacios, alegrías y excursiones a la playa en verano…

…y vestía de violeta, de blanco, de gris o de marrón…

23/1/12

AINHOA Y LA HOJA DE PAPEL EN BLANCO




Ainhoa
Ainhoa cierra la ventana, le ha entrado frio y se sienta, casi saltando sobre la silla de oficina gris. Allí, no para de moverse, inquieta. Observa el cenicero repleto de colillas, el paquete de folios de la marca Guarro. “¡Eso es lo que tú eres!”, masculla. Y la hoja a medio escribir que cuelga de la Olivetti acabada de heredar de su abuelo. Al lado, un cubo de basura con sus predecesoras de papel, arrugadas. Ainhoa se levanta. Vuelve a sentarse, tarareando adjetivos que puedan casar con el único personaje que tiene mínimamente definido, el alter ego de Javi, que la acaba de dejar para enrollarse con otra. Pasea  sobre las baldosas en forma de rombo del altillo, a pasos cortos y nerviosos, en círculos rodeando la mesa, casi flotando en el aire.  “Parezco la protagonista de un anuncio de compresas”, murmura. Se sienta de nuevo enfrente de la máquina de escribir, observa la hoja, se levanta por enésima vez. Flota enfrente las viejas librerías repletas de folletos, revistas y libros llenos de polvo. “Un día de estos tengo que limpiar”, se ordena sin demasiado émfasi. Los mira, de arriba a abajo, de derecha a izquierda, en diagonal y del revés, como buscando algún tesoro escondido entre sus páginas que le haga encender la mecha…  para quemar su historia con Javi y construir una nueva, alternativa, surgida de su iniciativa y no la de él. Busca palabras, frases, nombres para personajes secundarios, para la heroína del relato. “Sería demasiado obvio llamarle Ainhoa”, razona. Ahora mira por la ventana, ahora se acomoda incómodamente en el sofá decorado con un cubre verde oscuro, con algunas quemadas de los porros de Javi. Busca en el diccionario palabras al azar, a ver si se inspira “maleta, consolador… piano, jamón…baúl, pez…”, recita. Nada, no le viene nada con los binomios. “Esto no tiene nada de fantástico” , piensa. Luego, agarra la escoba y barre el polvo acumulado, las migajas de pan y los restos de tabaco de liar, escondiéndolo todo junto bajo la alfombra, excesivamente cara, comprada en el gran bazar de Estambul (Ainhoa no tiene paciencia ni para regatear, lo quiere todo “ya”). Ainhoa prepara un cigarrillo, marca Pueblo. “Ahí debo volver, ahí si me tratan bien”, susurra. Fuma sin apenas reparar en que está dejando caer las cenizas sobre la mesa baja de Ikea. “¿Cómo se redecora mi vida sin Javi?” proclama al aire. Se incorpora, busca el móvil, reafirma que no tiene ningún mensaje de él, “capullo”, dice con voz suficientemente alta para que le oigan los vecinos. Baja a la planta principal, va a la cocina, prepara un bocadillo con mucho tomate, mucho aceite y mucho chorizo que le han enviado sus padres y agarra, por si acaso, una tableta de chocolate del cajón superior. “Adiós, dieta”, proclama. Ainhoa regresa al altillo, se sienta, coge el tipexx de “escobilla” y borra la última línea. Y luego la penúltima. Así que se queda sólo con el título. Pasa de la narrativa y prueba con la poesía. Le sirve el mismo título. “Al menos, no tengo que empezar de cero”, se convence. Abre una lata de cerveza, intenta concentrarse. “Imposible. ¿Qué rima con imbécil?”, se interroga. Chasquea los dedos y rota los hombros, hace ejercicios de estiramientos que le conducen a borrar, al fin, también el título. Saca la hoja, la gira del revés (manchando la máquina de líquido blanco pues no le ha dado tiempo para secarse). Se levanta. Los estiramientos la han hecho sudar. Ainhoa abre la ventana, le ha entrado calor y se sienta, casi saltando sobre la silla de oficina gris. Allí, no para de moverse, inquieta. Observa el cenicero repleto de colillas, el paquete  de folios.…

22/12/11

EL GORDO



  No es solo un papel cualquiera el que sale del billetero de Paco, sumamente eufórico esta mañana de 22 de Diciembre. 23845. Justo el mismo número que en la tele hace cinco minutos han cantado los chavales de San Ildefonso. El décimo mira a los ojos negros de Paco, que van humedeciéndose a medida que pasan los minutos, después del atlético  salto de alegría inicial.
­—Míralo, Eustaquio— el billete pasa a manos del dueño del bar, se las acaba de secar con un pequeño trapo atado a la cintura. Hace un instante las tenia untadas del aceite donde acaba de freír las croquetas; lo agarra entre sus dedos, lo observa con una mueca de dolor, palpándose con la otra mano la rodilla que sufre cada vez que empieza el invierno. Lo dirige amablemente a su dueño.
  El 23845 regresa a Paco, que sigue en pleno éxtasis, pidiendo una botella de cava a Eustaquio con una sonrisa mas grande que su barriga cervecera y los brazos hinchados de tanto subir y bajar cajas en el camión.
  Con el sonido del alegre jolgorio general de los clientes habituales el número se siente el centro de todas las miradas. Amigos y conocidos de Paco piden observar el colorido trozo de papel comprado en la administración de lotería de la calle Ferran. No pasa cada día ver de cerca un billete del gordo premiado, y el trozo de papel, 23845, orgulloso como su propietario, se deja seducir por las voces de trabajadores anónimos y superviventes del centro de Barcelona.
El 23845 pasa a los tostados dedos de Ghulam, en pleno descanso, ha dejado el pequeño supermercado a cargo de su primo por un par de horas. De allí a Lolo, que se acaba de un gran sorbo el carajillo para dar espacio al cava, pensando en como solucionar el cabreo de su esposa, que la semana pasada descubrió lo de Lolo con la hija del panadero. En la transición hacía nuevas manos el número pasa enfrente de una ensaladilla que pide salir corriendo y una reunión de patatas mega-refritas, resguardadas por una vitrina de vidrio curvada. Ahora esta en manos del Chino y la Puri, habituales trileros de las Ramblas, que se acuestan de vez en cuando rememorando locuras adolescentes de finales de los 80. Y de ahí a las pequeñas y lechosas manos del Sepia, habitual del bar tanto de día como de noche desde que le bautizaron con ese mote, aquel lejano día en que pasó de ser Sergio Aparicio a ser el Sepia, también conocido como el gitano más blanco al este del Llobregat. El décimo sigue su curso a la izquierda, y rápidamente huele el contraste entre el aliento a brandy del señor Martín a la suave fragancia de la Yoli, para sentir como las uñas pintadas de fucsia le hacen cosquillas en su número de serie. Luego a las palmas manchadas de rojo de dos vendedores de rosas y a la adolescente mano de la hija de Eustaquio. Solamente un trayecto de unos seis metros y medio por la barra de un bar típico de Barcelona. Aún halagado, el gordo hace el camino de vuelta hasta llegar al bolsillo de la chaqueta.
Desde allí dentro, en la oscuridad, sigue oyendo a Paco proponiendo un último brindis, con la segunda botella de cava mientras coloca el décimo en el billetero de piel, las felicitaciones y palmadas de amigos y conocidos en la espalda. “Menuda suerte macho”, “ya invitarás a una cena un día de estos”, “!cómo se va a poner tu esposa cuando te vea!”. Puede oír también como algunos se despiden, regresan a su trabajo o a sus negocios envidiando sanamente la suerte, agradeciéndole a Paco el cava y dando un fuerte apretón de manos que lo sacude. Al instante huele el aroma a barrio chino, y las conversaciones de los habitantes del barrio, alejándose del bar en dirección a las Ramblas. Cuanto más se aleja, menos escucha lo que sucede en el bar...
Allí, el corazón de Paco va recobrando su ritmo habitual y  las copas de él y Eustaquio chocan amablemente.
—Vuelve a enseñarlo, Paco— oye como le dice el dueño del bar.
  Saliendo del billetero, acariciado por los mismos dedos gruesos, Paco mira fijamente al número y la sonrisa se desvanece.
Ahora solo dos ojos negros clavados en él, que estallan furiosos al comprobar su suerte. 12110… Este segundo número, no premiado, siente su piel de papel desmembrarse en apenas un par de segundos por la violenta reacción de los dedos.




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2/12/11

LABERINTO DE REGRESO AL PRESENTE

Mariano abre pesadamente los ojos, despega con dificultad los párpados como si estuvieran fijados con SuperGlue y le cuesta, por unos segundos, enfocar correctamente a lo que tiene alrededor.
La mente algo pesada, sin saber demasiado bien dónde está ni cuánto rato se ha pasado dormido. Le ha despertado algo parecido a un murmullo de voces, tras la fina pared de Pladur cerca de la cual ha dormido, casi con la oreja fundiéndose, sin saber dónde empieza ella y dónde la pared. Ha soñado en enfrentarse a su jefe el lunes, pues un hilillo de saliva resbala, ya casi sólido, por su mentón y humedeciendo la manta nueva de tono azulado . Con las manos la acaricia como queriendo recuperar la sensibilidad en las yemas de los dedos. Una mirada algo más vasta le informa de que ha dormido en una cama elevada un par metros del suelo, de estructura juvenil y color oscuro, que le recuerda vagamente a su  habitáculo adolescente. Con esfuerzo baja los seis escalones de la litera hacia el suelo.