I Lunes,
10:07 AM. Aula de plástica; Instituto. Estoy sentado en un pupitre tras unas
grandes mesas blancas adornadas por debajo con chicles pegados de varios
sabores y texturas. Estoy aburrido, siempre me pasa cuando mandan “dibujo libre”.
Mis compañeros, abalanzados sobre sus Din-A3 con los lápices a todo trapo; yo
apenas he sacado punta y estoy adormilado observando la puerta. De repente, se abre. Nuestro tutor Toni, entra con
una chica detrás de él:
—Chicos, os presento a Eli, vuestra nueva compañera, tratarla bien.
—Chicos, os presento a Eli, vuestra nueva compañera, tratarla bien.
El resto de alumnos no
se sobresaltan tanto como yo. Me quedo observando: pantalones ajustados, rostro
suave, piel tostada, pelo liso hasta los hombros, boca pequeñita, nariz
perfecta. Siento un pinchazo en el pecho y bajo los pantalones la bestia
despierta. Una flecha se clava en mí y la pizarra se ha vuelto rosada. Mis ojos
salen de órbita cuando se acomoda en la mesa y puedo ver su perfil derecho,
notando algo muy espiritual a pesar de relamerme la vista con sus tetas caídas
hacia arriba. Percibo un olor de flores frescas y el viento me manda un
escalofrío desde la uña del dedo del pie hasta el último pelo de mi cabeza
cuando se gira hacia mí y me dirige una sonrisa.
Lunes, 11:16 AM. En los
escalones del patio. No he tenido fuerzas para jugar a fútbol. Mejor: no soy
nada habilidoso con los pies. De hecho, en casi nada, solamente en atraer
freaks que se pasan todas las tardes con juegos de estrategia online. Fernando,
ciento diez kilos de humanidad, está sentado a mi lado. Yo sigo observándola, sometida
al primer interrogatorio de las pijas de clase.
— ¿Te vas a acabar el bocata? Casi no has probado bocado —dice Fernando tras acabarse la mandarina (su madre lo tiene a régimen, pobrecito).
— ¿Te vas a acabar el bocata? Casi no has probado bocado —dice Fernando tras acabarse la mandarina (su madre lo tiene a régimen, pobrecito).
Le
cedo amablemente mi desayuno. Sigo en mi mundo de nubes rosas, mariposas
aleteando, gente cantando por calles de pétalos. “Que buena está, madre
mía”. Ya la tengo incrustada en mi mente, creo que está tarde ya tengo tema
para mi dibujo libre. Solamente espero que el retrato se ajuste a la realidad.
II Martes,
7’13 AM. Lavabo de casa. El espejo refleja una cara despierta, jovial, sin acné
ni ojeras por primera vez desde que me empecé a afeitar y con una sonrisa
inmensa. He compartido cama con Eli esta noche. Casi tiro el despertador por la
ventana cuando me ha interrumpido en el momento en que le estaba desabrochando
el sujetador. Ha valido la pena: todos los instantes previos de caricias, besos
en la mejilla, piquitos, intercambio de lenguas, mordiscos en la oreja,
lametones en el cuello, manitas curiosas bajo las camisetas... En lo mejor de la
escena, el ruido estridente me ha hecho regresar al mundo real. Con esas
imágenes aún frescas y húmedas, me pongo laca en lugar de crema de afeitar, me
lavo con el champú del perro, casi resbalo dos veces en la ducha, me pongo
desodorante de mujer en las axilas, me lavo los dientes con el cepillo de mi
hermana y me visto con un calcetín de cada color. Me da igual, hoy me siento Flex. Iré al instituto con el mejor ánimo posible.
Martes, 7’59 PM. En la
mesa del comedor. Doy los últimos retoques al dibujo de Eli. La observo
embelesado. Lo colgaré en la puerta de mi habitación. Mi madre me mira
preocupada mientras plancha, lleva toda la tarde alucinada porque he respondido
que sí a todos sus mandatos: ordenar la habitación, poner la lavadora, ayudar a
mi hermana, pasear nuestro cooker y tirar la basura. Además, Toni esta mañana la
ha colocado a mi lado. La vida es bella.
III Miércoles,
12’36 AM. En el pupitre. Segundo revés del día. Acabo de leer mi poesía de
catalán y no le ha gustado nada a mi morena. Cuando me he sentado me ha mirado
con desaprobación como pensando “pringado, que haces escribiendo eso tan cursi”. He notado como Borja, a mi espalda, ha hecho una sonrisita
de imbécil y ha dicho “venga, fiera, que ya es tuya”. Casi me levanto en ese
momento y le clavo el puño en su cara de metrosexual adolescente.
El
primer sinsabor fue esta mañana, cuando me respondió a mi “buenos días” sin ningún
interés, recostada en el pupitre, casi sin dejar de hablar con Luna sentada
enfrente nosotros (como mínimo he podido ver de refilón su tanga naranja). Me empiezo a
interrogar. ¿Será que no le gusto después de lo que hemos vuelto a hacer esta
noche en mi cama?
Miércoles, 6’22 PM. En
la habitación enfrente del ordenador. Estoy en mi santuario, he puesto el
cerrojo en la puerta para que nadie me moleste en caso de que Eli quiera venir
a disculparse. Observo los pósters manga colgados de la pared, esas chavalas japonesas que
tanto me han estimulado durante tiempo ahora tienen su cara. Las estanterías
siguen repletas de libros que he leído una y otra vez. En la mesa del ordenador
el hielo ya se ha derretido en el vaso con coca cola. Observo por enésima vez
la pantalla. No me ha agregado al facebook. Le he enviado la invitación quince
veces durante esta tarde. Me ha rechazado en todas. Observo el dibujo de la
puerta. Hoy ya no doy besos a sus labios en el papel. “Eli, tu misma, quizá
hoy no te dejaré entrar en mi habitación”.
IV Jueves,
5’37 PM. En el cine del pueblo. El jueves
no tenemos clase por la tarde y casi cada semana, Fernando y yo vamos a ver el
último estreno en la sesión de las seis. Somos rutinarios, el siempre entra con
una ración de palomitas extra grande y yo con una bolsa de chucherías. Siempre
llegamos con tiempo, nos encanta la magia del apagado de luces, el aviso de
desconectar los móviles, los anuncios y las promos de las pelis que estrenarán.
Alguien detrás de nosotros se molesta porque el cabezón de Fernando no les deja
ver la pantalla. Justo cuando empieza la película me sobresalto. Eli se ha sentano cuatro filas mas adelante y a su lado va un chico que le pone el brazo
por encima del hombro. Parece que le dice algo gracioso a la oreja. Un alien
despierta en mi interior, enfurecido y durante toda la peli (que por supuesto
no veo) sigo espiando sus movimientos en la oscuridad. Doy un pequeño grito cuando se han
besado, el corazón ha saltado y ha caído en el cartón de palomitas de mi amigo.
La película, siendo una comedía, se me ha convertido en drama.
Jueves, 8’40 PM. En el
bar de la plaza. Llevo tres cervezas. Una
balada heavy me da alas para seguir confesándole a Fernando mis sentimientos
hacía Eli. Con su paciencia infinita me escucha y me reconforta por un momento.
Desahogarme hablando y bebiendo creo que me ha ido bien, a pesar de que temo la
bronca de mi padre cuando llegue a casa apestando a Voll-Damm. En un momento
apacible, cuando ya he acabado mi retahíla de sueños inconfesables, otra vez
algo me sacude en mi piel. Por la puerta aparece Borja, el hijo puta engominado
de cutis cuidado con cremas, corte impoluto, ropa de marca, andar prepotente y
cartera llena de billetes. Y de su mano, Eli. Al pasar por nuestro lado saluda
“¿como va eso, chavales?” con sonrisita de suficiencia. Tras estar congelado
por dos segundos, Fernando me detiene al levantarme de mi silla. “No vale la pena, ya
verás como caerá a tus brazos.”
V Viernes,
4’40 PM. En clase. Estamos los veintitres adolescentes de pie enfrente la pizarra
verde, con ganas de acabar una semana más de rutina. Algunos ya piensan en
salir del insti para irse a tomar algo y empezar la fiesta, las niñas llevan el
maquillaje y una minifalda en el bolso para cambiarse en un rato. Yo sigo apagado,
aun no he salido a flote. Ahora mismo Toni está consignando los nuevos
pupitres. Como cada final de mes, todos cambiamos de sitio y pareja. Tener a
Eli a mi lado ha durado tres días. Me siento vacío por no poder volver a ver
tan de cerca sus muslos. Esta noche ya no me ha visitado así que tendré que
conformarme con verla de lejos. Mi cuerpo desaliñado, los granitos en la cara o
los aparatos en los dientes algún día desaparecerán y se transformaran; espero de una vez atraer a cualquier
Eli que me encuentre en el futuro. Tras sentarme en el nuevo pupitre
puedo notar la mirada de Toni, “ánimo”, parece que me diga con expresión
preocupada.
Viernes, 11’52 PM. En el
sofá de casa. Mis padres se han ido a cenar, como de costumbre cada viernes y mi
hermana se ha ido a pasar el fin de semana a casa de los primos. Me quedo
porque he dicho que tenía muchos deberes. No es del todo falso, debo acabar mi
trabajo de lengua y estudiar para historia. El primero ya está acabado, me
podré concentrar en el segundo y en jugar a la play. Quizás quedaré con
Fernando, aunque ahora no tengo ganas de nada. El cartón de la pizza está vacío y sigo despierto esperando que empiece la porno. Cuando esté estirado en
el sofá, medio adormilado viendo las escenas, deseo que Eli llame a la puerta y
vuelva a acompañarme, interactuando esta vez con el reclamo de las imágenes de
fondo.
Por
ahora, la luz de la sala de estar encendida contrastando con la oscuridad del
lugar, me hace recordar que sigo estando muy solo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario